TURISMO / María Crespo, Condé Nast Traveler.- ¿Estás pensando en volver al gimnasio y dejar atrás los helados? ¡Horror! O quizás estés planeando tu próxima escapada a la hora del café (toca dejarse mimar). No puedes evitarlo: la felicidad corrige las lindes de tus venas cada vez que pisas un bosque, dejas atrás la rutina o cruzas una frontera. La aventura te llama pero, además, tenlo claro: viajar y abrazar lo desconocido activa tu cerebro y mejora tu salud. “¿Cuándo has aprendido a volar? ¡Ayer!”, le preguntaba Meryl Streep a Robert Redford en ‘Memorias de África’. Descubrimos por qué viajar te sienta muy, muy bien.

Allí estás, frente al mar, con tu mojito. La brisa borra el estrés de los teléfonos, los emails, las notificaciones de tus selectas (y exigentes) redes sociales… Tu ropa se vuelve ligera (¿brindamos?) y el tiempo parece estirarse hasta el infinito. ¡Invierte en anécdotas!, nos propusimos este verano, pero, además de invertir en anécdotas, cada vez que viajas estás invirtiendo en tu salud.

Viajar abre nuestro cerebro, lo vuelve más plástico, más creativo, nos da más capacidad de comprender: de alguna forma lo activa porque necesitamos adaptarnos a muchas nuevas sensaciones (lingüísticas, visuales, aromas, sabores…) y eso siempre es favorable para nuestro cerebro”, nos cuenta el neurólogo José Manuel Moltó Jordá, vocal de la Sociedad Española de Neurología.

Además, cada tarjeta de embarque, cada billete de autobús o coche compartido (y su lotería viajera, digna de Félix Rodríguez de la Fuente) está mejorando tu calidad de vida en el futuro. “A la larga, un mayor número de conexiones ofrece una ventaja de mayor reserva cognitiva, de mayor resistencia al deterioro en edades más avanzadas -explica Moltó- no sólo es la ventaja del momento, que puede ser placentero, sino que también, incluso, cuanto más rica haya sido nuestra vida, cuantas más experiencias distintas hayamos tenido, más posibilidades tenemos de llegar a una edad mayor en buena condición mental” (Leer más)